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La Sra. Amaranto


La Sra. Amaranto era una señora muy cuadrada.


No le gustaban los alfajores.


La rueda le parecía el peor invento de todos los tiempos.


Cuando jugaba al ta te tí siempre elegía cruz, sino, no jugaba.


En la época de los lunares, ella andaba de escocés.


No quería vivir en la tierra, ni en ningún otro planeta.


El Señor de los Anillos no le parecía una buena película, es más, decía que era una porquería.


En sus cumpleaños estaban prohibidos los globos y los confites.


Odiaba las paletas y las pelotas.


Ella no andaba con muchas vueltas, pero no podía mirar a nadie a los ojos.



Triste destino el de la Sra. Amaranto,


un día por esquivar una burbuja,


se cayó en un enorme pozo,


y pudo ver como se destrozaba su cuerpo


en millones y millones de bolitas.

El cisne y el insomnio


No se podía dormir.

Justo esa noche que no quería estar ahí.

En la penumbra podía ver su lámpara apagada, haciendo una leve sombra en la pared...

parecía un cisne.

Cómo le gustaría ser uno, negro, nadando en un té tibio de jazmín.

Sentir, en cada una de sus plumas, que el viento, la despeina.

Volar, y llorar por todos, y que esas lágrimas sean el rocío que te despierte una mañana

y te haga pensar en mí.

Y morir bailando, sola, cuando ellos se hayan ido y los aplausos

no tapen el sonido del agua.

Finalmente se durmió, y soñó que era una burbuja que llegaba al espacio.

Se despertó la siguiente mañana, inmóvil en su cama.

Qué desilusión, no quería apoyar los pies en el suelo.

Pero ya iba a encontrar la manera de quedarse viviendo en su imaginación, con vos.

Ellos dos


El es de carbón,

ella de azúcar impalpable.


El sueña con cascadas de caramelo,

y ella con pasear en un carruaje.


El es tímidamente dulce,

ella sofisticadamente celosa.


El duerme sobre pompones

y ella, como distraída, lo acaricia.


El tiene ojos de pradera,

ella dos pedacitos de cielo.


El quiere ser panadero,

y ella bailarina de ballet.


Ellos dos dicen miau,

y el mundo se cae a sus patas.



Para la tutti y el sebastián, que tuvieron la suerte de vivir,

gracias a una bondadosa ardilla que los adopto,

y a quienes extraño mucho.



Carina Garabato

Realizado para amigos de los animales en el mundo



Sueño del reino de cartón

Existe un pueblo de algodón,
con caballos de neón
y árboles de jabón.

Un conejo toca el tambor,
mientras un rey de oro y cartón
toca sin ritmo un trombón.

A lo lejos, un mirador,
un oso con ojos de flor
y un ombligo de botón.

Cerca, un cielo tentador
con nubes de rosa almohadón
que le hacen cosquillas al sol.

Para llegar a esta mansión
de colores y de ilusión
aguanta la respiración.

Diente de león funky

Una vez al año en Bragado,
los viejos dientes de león van a la peluquería
a hacerse la manicure,
y un batido en el pelo, impresionante.

Cuando llega el atardecer,
sacuden su blanca melena
al ritmo de alguna canción de James Brown,
mirando al sol, como su gran seguidor.

El sol, feliz del espectáculo
y fan de los afros canosos,
viste a las nubes de rojo,
y convierte todo en una gran pista de baile.

Tan eufórica es la danza,
los dientes de león pierden su pelo,
algunos dicen que es el viento envidioso,
que aprovecha su distracción para volárselo.

Pobres pelados dientes de león,
tendran que esperar otro año a que les crezca,
eso si no se cruzan con un niño antes,
que se los sople por un deseo.

FOTOS TOMADAS EN EL BARRIO MUDYNDA, BRAGADO, BS AS, ARGENTINA

El subastador Perejil

Perejil era un duende viejo.

Su barba era un césped blanco y dorado.

Sus ojos, dos, eran celestes.
Uno del color del cielo, uno del color del mar.

Y sus pelos, un transparente coral danzante.

Perejil era el único subastador del bosque, pero él no aceptaba dinero, sólo cobraba en fresas, que eran su adoración.

Llevaba 348 años haciéndolo.

Tenía muy buenas anécdotas.

Como la vez que le vendió al alce,
veinte potes de cera para lustrar cuernos,
y se los lustró tanto tanto, que deslumbró al sol,
y hubo dos días de noche.

O cuando le vendió a las hadas,
unas sábanas mágicas que revelaban verdades sublimes en sueños,
y durmiendo vieron que el silencio del agua,
era el sonido más puro y magnífico,
y luego le compraron equipos de buceo.

Y también, un día que les vendió a las luciérnagas,
filtros de muchos colores para sus luces
y armaron una fiesta a la que fue todo el bosque, incluso las estrellas,
que bajaron curiosas del cielo para ver tan hermoso espectáculo.
Y terminaron bailando con las luciérnagas,
haciendo el mejor show de fuegos no artificiales
que jamás se haya visto.

Pero hubo un día, que Perejil se cansó,
y decidió hacer su última venta,
y subastó su alma.

Fueron todas las criaturas del bosque,
todas de gran corazón, todas agradecidas con Perejil,
por tantos años de vender magia y travesuras.

Pero esta vez, nadie le compró.

Entre todos le regalaron una casita con techo de hongo,
construída en un árbol gigante de fresas, muy cerquita de las nubes,
llena de risas, llena de abrazos, y de colores,
para que pueda descansar feliz, en la eternidad.

Dicen que a veces, el viento sigue trayendo sus subastas,
pero convertidas en palabras de aliento,
para aquellos que creen perder su alma,
y se las regala sin costo alguno, ni siquiera una fresa.

El conejo de las orejas doradas

Nació bajo un sol de otoño,
cuando lloviznaba un rocío ocre.

Las gotitas llevaban pedacitos de rayos,
y las hojas cayendo le susurraban brillo al oído.

El abrió sus ojitos y lo primero que vió fue al viento,
un viento tan hermoso,
que tuvo que cerrarlos para poder también respirarlo.

Sintió como cada uno de los pelitos de sus orejas
se encendían y se apagaban,
para siempre volver a encenderse.

Ahora corre por el bosque en las noches,
jugando con las luciérnagas a las escondidas,
mientras va iluminando, los sueños de los enamorados.

Actividades de un hobbit en fin de semana


volar por carreteras durante horas
pasear focas
y abrazar sirenas

caminar entre cuadros y gatos de tela
comer pan con pedacitos de tormenta
y mirar sirenas

enseñarle a un gato gris a decir yo me quiero quedar
no peinarse y despeinar
y besar sirenas

volar en nudibranquios color vino
escuchar campanadas dementes y gotitas de lluvia
y acariciar sirenas

despertar nadando en un jardín de flores y con sed
no distinguir entre frío y caliente
y bañar sirenas

comprar dulces y jugar a ser vampiro
comer nubes con sabor a platano, y nieve con sabor a nube
y mirar sirenas

subir a un puente y echarse a volar
soñar entre luces rojas y luces ambar
y adorar sirenas

La casa de los olvidos



Cuanto tiempo quedarán mis sueños en la casa de los olvidos.

Al lado de la charla con los duendes de mi patio.

Atrás del espejo que era transparente
y dejaba ver las estrellas de cerquita.

Abajo de la trompeta sonriente.

En medio de las alas que me llevaban, pacientes, a un lugar donde me sintiera segura, aunque estuviese en el aire.

Y adentro del alma de un caballito de mar que cabalgaba, mimetizándose en un jardín de hortencias celestes, que olían a cielo.

Esperemos y no sean más de 4 o 5 minutitos.

Dedicado a una sirena, que su color favorito es el azul, pero el del profundo océano.

Preciosa precisa


Luz era una niña extremadamente hermosa,
pero absolutamente exacta.

Cuando ella pasaba el smog se volvía una nube celeste que parecía cielo, el rugir de los coches en música disco, los ojos cansados de los oficinistas brillaban como bichitos de luz.
Pero ella no se daba cuenta, y solo contaba, contaba todo.

Hasta que un día, se produjo una coincidencia mágica.

Aroma a Tilo en un parque, un atardecer cobrizo, la risa de un bebé,
los suaves aleteos de unas mariposas,
un pajarito le tarareó al oído una canción de violines,
mientras ella tomaba un helado de fresas con crema.

En su mente, los números se volvieron formas
y se pintaron con los colores del arcoiris.

Y dejó de ser tan precisa y se volvió más preciosa.

Y le crecieron alas rosas.

Y se compró un pequeño acordeón y se subió a una nube.

Y así fué como Luz se puso una banda de rock con tres ángeles hippies que desertaron el cielo, pero no quieren estar en la tierra,
sabían tocar el harpa, la guitarra y la batería.

Los dientes del abuelo Valentín

Los dientes de mi abuelo Valentín
contaban cuentos desde un vaso con agua.

Yo esperaba a que todos estuviesen dormidos,
para encerrarme en el baño y escucharlos.

Había que prestar mucha atención y acercarse bastante,
Uds. saben lo complicado que puede ser hablar debajo del agua.

A veces repetía cuentos, como el del señor del restaurante que comía palillos, pensando que eran palitos de pan.
Ese era su preferido, tal vez porque tenía que ver con dientes
y con ingenuidad.

Otro era el de la estrella de mar que deseaba brillar en el cielo.
Ese le encantaba, tal vez porque tenía que ver con agua y con soñar.

Que fantásticos los dientes del abuelo Valentín,
los recuerdo y no dejo de sonreír.

Duende punk


Lo único que quería una chica, era bailar Raffaella Carrá.

Y lo hacía sola en su cuarto frío, y cuando ponía play,
además se ponía ventoso.

Sacudía la cabeza por horas y horas, y sus pelos rubios,
eran como rayos que encendían las noches.

Un duende punk del barrio, la observó durante muchos meses,
y una mañana la agarró del brazo y se la llevó a la tierra del ritmo.

Dejando como rastro, un espectacular en la Colonia Centro.

Los vecinos del lugar, dicen que a veces, la ven bailar.

El cazador

Estaba soñando con un campo, una tarde de invierno, donde se te congela hasta el orgullo.
Jugando con mi aliento y con el viento a que fumaba.
Disfrutaba del sol tibio, casi rosa, que me hacía sonreír.
Podía sentir el olor de los jazmines, tierno, aunque no era temporada.
Una mano áspera me guiaba entre árboles que hacían hoyos en el cielo.

Se escuchaban unos patos, no muy lejos.

Nos acercamos y los ví, eran luminosos, fundiéndose en el agua.
Seguí la mano y era mi papá, y mi papá era un cazador.
Me suelta para agarrar su escopeta y apuntarles.

Y dispara.

Cierro los ojos y desaparece el campo, el orgullo congelado, mi aliento, el sol rosa, los jazmines, los hoyos en el cielo, y mi sonrisa.
La explosión seguía, eterna.
Abro los ojos, tengo mucha bronca, y me despierto con los patos volados.
Y un papa impostor, atrapado en una pesadilla, sólo con su escopeta.

historia especial para la ardilla suicida

El beso de los zapatos azules


El está gastado en la punta, ella tiene el tacón torcido.
Desde su andar nocturno, florece la misma ilusión.

Un beso de pies chuecos.

Pero rara vez les tocará.

Sólo cuando su dueña se pare raro.
Pero este beso es corto, y un poco incómodo.
O sólo cuando en un descuido de madrugada, los deje frente a frente.
Esos besos seran sus favoritos. Los más prolongados. Y en soledad.

Ojalá y ocurra pronto, antes de que pasen de moda y tengan que vivir separados en el clóset.

Un muchacho dijo:


tu pelo es el más bonito de todo el lugar,
el pelo se lo creyó, y esa noche soñó que era viento.

A la mañana siguiente despertó radiante y delirante,
y no se peinó.

Las marionetas de la ventana


Emilio se fue a dormir la siesta ese sábado, como ya estaba entrenado.
Pero esta vez, y por primera vez en la cama de sus papás.
La habitación de ellos daba al patio de la casa. Cortinas blancas y semi transparentes, plegadas, que censuraban sutilmente y por franjas a la luz, como regulando, armonizando.
Se asomaba el verde del pasto, más intenso, menos intenso. Lo cortaba la pared blanca que daba al lavadero, con sus tres ventanitas exageradamente verticales y anti estéticas.
Emilio se fue quedando dormido, o por lo menos la sensación era muy parecida a las otras tardes de siesta.
Pero esta vez, algo rompió lo ideal, 5 marionetas pelijorras bailando igualito.
Tenían unos vestidos blancos con ribetes azul cielo de campo, y unos zapatos verdes limón, casi de payaso.
Sus pieles eran rosas, y tenían las mismas pecas.
Sus rizos de fuego, resortes desquiciados.
Y le bailaron un rato, mientras de fondo, la actividad en el patio era la de todas las tardes, unos mates calientes a la furia del sol.
Emilio voló, y se asustó. Y gritó con toda su fuerza.
Emilio tenía 4 años y algunos meses, y fue la primera vez que alguien no creyó en sus palabras.
Las marionetas aparecen de vez en cuando en su ventana, pero él las ignora.
Emilio no cree en su propia verdad, el cree en la verdad compartida.
Qué desperdicio de marionetas.